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  • Foto del escritorLina María Munoz

Despidiendo a Lilo

Una mañana de octubre llegó a mi oficina una perrita muy flaquita. Llena de amor. Al parecer habia amamantado hace poco, no supe donde estarían sus bebés, ni de donde venía, ni cómo pudo entrar hasta mi trabajo, un lugar en donde no se permite la entrada a animalitos. Ese día, despúes de comer, durmió y descansó. A la salida del trabajo la llevé a la veterinaria para revisar su salud y dar tiempo a conseguirle un hogar. Desconocía que ella ya me había escogido como su humana y familia.

Lilo

Así fue nuestro encuentro en este mundo. Pasó 8 días en la veterinaria y luego con mi esposo la trajimos a casa, después de la castración. Conoció a nuestros perros y gatos, se llevó bien con todos. Sabia que aquí podria estar tranquila y a salvo. Sin embargo, unas semanas después estar con nosotros, comenzó a estar decaída y no toleraba caminar mucho. De regreso de los paseos, debíamos traerla cargada porque ya luego no podía caminar.


Su abdomen comenzó a inflamarse, la llevamos a la vete y después de varios examenes y citas, nos dijeron que su hígado estaba siendo afectado por las malformaciones congénitas y un soplo que su corazón tenía. No bombeaba suficiente. Debíamos tratar su corazón para darle la mejor calidad de vida posible, lo que esta durara. Con el tiempo pudimos estabilizarla y aunque nos dijeron que no se curaría, ya que era congénito, Lilo llevaba bastante bien la situación, era feliz.


Año y medio despúes, su abdomen volvió a hincharse y la llevamos nuevamente a la veterinaria para más exámenes. Revisaron su corazón y de manera inexplicable, el soplo ya no se podía ver y tampoco tenía las malformaciones congénitas que las ecografías habían registrado antes. Su corazón estaba perfecto. Parecía un milagro o una terrible equivocación médica . Sin duda, fue lo primero.


A pesar de estar muy bien del corazón, su hígado continuaba hinchándose y llenándose de sangre. Durante más de nueve meses, le hicieron varios exámenes y seguimiento médico, pero para sus doctores no fue posible identificar que tuvo hasta que murió. Era un cáncer en los vasos sanguíneos del hígado, un angiosarcoma.


El dia que empeoró, nos dijo con sus ojitos que era hora de irse. Sentí que ese sería su último día en casa. No podía parar de llorar. La llevamos a la veterinaria para optar por una cirugía en la que extirparían parte de su hígado, para liberar un poco la presión y hacer una patología al tejido. No pudo sobrevivir a esta operación. Se nos fue.


De esto han pasado tres años. Aún lloro al escribir este blog y aún siento su inmensa ausencia en casa. Se que ella está bien y que nos dimos muchas alegrías. Su cuerpo se reintegró al bosque de nuestra casa y ahora vive en cada papus plumoso de los dientes de león que se diseminan con el viento.


La añoranza y la tristeza por la ausencia de alguien que trasciende no tienen fecha de caducidad. Cuando mi gato Icaro murió, mi gato Emilio estuvo triste, muy triste, por varios meses. En una comunicación me hizo saber que el dolor es también una forma de amor, una forma de honrar aquel que se fue, me mostró que estaba bien sentirse así, porque el dolor se cura experimentándolo.


Tal vez nunca dejemos de extrañarles, de estar tristes al recordarlos. Al vivir una pérdida, un duelo, los animales, los que se quedan y los que trascienden, nos muestran que lo mejor que podemos hacer con ese dolor y esa tristeza es primero darnos el tiempo para vivirlo y luego vivir nuestra vida de la mejor manera. Honrando lo que fuimos con ellos, ahora que estamos sin ellos.


Siento que ahora Lilo se experimenta en otras formas de energía, tal vez haya vuelto con nosotros o tal vez siga siendo un diente de león que nace en los pastos de este planeta.

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